Perdona a todos tus enemigos, pero no olvides sus nombres.
Hay maridos tan injustos que exigen de sus mujeres una fidelidad que ellos mismos violan, se parecen a los generales que huyen cobardemente del enemigo, quienes sin embargo, quieren que sus soldados sostengan el puesto con valor.
Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo.
No hace falta saber cómo perdonar. Basta estar dispuesto a hacerlo, del cómo ya se ocupará el universo.
No existe nada más interesante que la conversación de dos amantes que permanecen callados.
El amor abre el paréntesis, el matrimonio lo cierra.
Un hombre de virtuosas palabras no es siempre un hombre virtuoso.
Si no perdonas por amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar.
En los inicios de un amor los amantes hablan del futuro, en sus postrimerías, del pasado.
La virtud no habita en la soledad: debe tener vecinos.